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Una
de las características básicas de las intervenciones
en Psiquiatría comunitaria es el trabajo en equipo. Un
equipo es (Arrazola y cols.) "un pequeño número
de personas con habilidades complementarias, comprometidas con
un propósito común de cuyo logro se consideran
mutuamente responsables, bajo el liderazgo de una de ellas".
El líder utiliza su poder para obtener conformidad, proponiendo
incentivos para moderar las resistencias y favoreciendo la negociación
para alcanzar los objetivos previamente consensuados con el
resto de los miembros del equipo.
El
equipo así constituido incorpora todo el potencial que
encierran las relaciones informales y la fuerza de la cohesión
del grupo y hace posible la realización de numerosas
tareas que los miembros aislados no podrían realizar
individualmente. El trabajo en equipo proporciona una oportunidad
para el desarrollo personal y profesional porque cada miembro
aporta su competencia a la vez que aumenta sus propios conocimientos
y habilidades. Las discrepancias que aparecen en su seno pueden
ser aprovechadas para continuar explorando y profundizando en
las cuestiones.
Los
profesionales pueden, además, adquirir conocimientos
de aconsejamiento individual y de trabajo grupal y familiar
que les permiten, si el contexto lo permite, funcionar como
terapeutas. Este tipo de formación es particularmente
importante cuando el profesional actúa en unidades que
funcionan con los principios de las comunidades terapéuticas
en las que existe una cierta descentralización de la
toma de decisiones y se trabaja en equipo. El profesional debe,
en esos contextos, acercarse al entorno del enfermo mental,
tanto social, familiar como laboral, formando parte de aquellos
equipos multidisciplinarios que se creen al respecto.
Las
relaciones entre los miembros de los equipos terapéuticos
son, sin embargo, complejas y pueden movilizar angustias que
originan a veces disfunciones importantes. Fornari trae a cuento
a ese respecto la parábola de los erizos que Freud toma
de Schopenhauer: "Para defenderse del frío invernal,
los erizos decidieron juntarse los unos a los otros para calentarse
con su propio calor animal, pero, al acercarse, se pincharon
y entonces se alejaron nuevamente; al alejarse, tuvieron de
nuevo frío y se volvieron a acercar para calentarse,
pero se pincharon nuevamente y, una vez más, se alejaron,
buscando alternativas para protegerse del frío y de las
picaduras. Todo esto hasta que, después de varios intentos,
los erizos encontraron la distancia adecuada que les permitía
no pincharse, sino calentarse, es decir, protegerse al mismo
tiempo del frío y de la picadura". Esta ambivalencia
con la que se relacionan los miembros del equipo deriva de las
angustias primarias persecutorias y depresivas que se producen
en su seno.
La
relación con los pacientes psiquiátricos produce
cierta ansiedad y pone en marcha para neutralizar en el profesional
diversos mecanismos que pueden dar lugar a actuaciones no encaminadas
a resolver los problemas del paciente, sino a defenderse él
mismo. El profesional, por inexperiencia o por temor a no saber
responder adecuadamente, puede mantener actitudes rígidas
o estereotipadas o proyectar sus propios problemas en el paciente,
con lo que la relación adquiere, a veces, un carácter
antiterapéutico. Es, por ello, fundamental ofrecer supervisión
a los equipos y/o a sus componentes individuales. Frecuentemente,
la supervisión conduce a la demanda de una psicoterapia
personal por parte del profesional
De hecho, con frecuencia creciente, en este tipo de unidades
los/as psicólogos/as, enfermeros/as y asistentes sociales
conducen diferentes grupos de carácter recreativo, ocupacional
o más específicamente psicoterapéuticos.
Hay
que diferenciar bien las actividades genuinamente psicoterapéuticas
de las demás. En efecto, la psicoterapia requiere una
formación específica en la que un profesional
de nivel universitario, especializado en el campo clínico,
realiza un programa específico de aprendizaje de la psicoterapia,
que incluye algún tipo de experiencia personal psicoterápica
y de supervisión. Sin estos requisitos no es ético
someter a los pacientes a intervenciones delicadas y no exentas
de algunos riesgos.
Por
otra parte, es importante recordar que, aunque las funciones
de los distintos miembros del equipo se van difuminando, la
jerarquización del trabajo no debe ponerse en cuestión
y que cada profesión tiene, además, funciones
específicas que no debe descuidar.
En
el presente numero de la Revista, el Dr. Norberto Mascaro reflexiona
sobre su amplia experiencia con diferentes equipos terapéuticos
tanto en España como en Argentina. Por su parte, un artículo
del Dr. Guimón señala las vicisitudes del trabajo
de los equipos y las posibilidades de convertirlos en equipos
"suficientemente buenos" en el sentido de Winicott.
Finalmente en la sección de libros se hace referencia
a un volumen de reciente aparición de ese mismo autor
"Los Profesionales" de la Salud mental en el que trata
con extensión sobre estos temas.
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