Vol. 1, núm. 2 - Julio 2002     Revista Internacional On-line / An International On-line Journal  
La muerte y la cultura (pág. 3)

José Mª Ayerra Balduz.
Psiquiatra grupoanalista.
Director del Centro de Salud Mental Uribe, Getxo, Bizkaia.

 
 

3. Las interpretaciones

Vivimos unos tiempos en los que los acontecimientos humanos, siempre móviles, se han acelerado, cursando a velocidades vertiginosas. Son tiempos rápidamente cambiantes a los que nos adaptamos a duras penas, encontrándonos la mayoría a punto del desbordamiento permanente, todo ello puesto de manifiesto en la permanente demanda de ayuda a nuestros servicios psiquiátricos por problemas individuales: anorexias, psicosis, toxicomanías, neurosis; o síntomas colectivos: la vigencia todavía de la pena de muerte, los conflictos que se dilucidan en guerras, la abundancia conviviendo impúdicamente con la necesidad y el hambre, como si el hambre de unos no tuviese una relación directa con la anorexia de otros.

Se ha producido un gran desfase entre el desarrollo de los conocimientos físicos y científicos y el de las ciencias humanas. Sin la madurez psicoemocional necesaria, el conocimiento técnico corre el riesgo de ir en una dirección opuesta a la del desarrollo creativo que la vida requiere, amenazando con volverse en contra de los seres humanos que lo han posibilitado, en una inversión -perversión- de su sentido. En el momento presente, los descubrimientos científicos nos desbordan y se tornan peligrosos.

3.1. Una historia negada es una historia escindida y no integrada

En la historia temporal y evolutiva del ser humano, los últimos siglos apenas sí suponen un pequeño momento. Todavía los descubrimientos científicos que posibilitaron un cierto control de la naturaleza, de la superación del hambre, de las enfermedades, de las comunicaciones, etc, no han podido evitar su injusta distribución. Es conveniente recordar que los antibióticos y los psicofármacos se descubrieron apenas hace unos cincuenta años; que hace unos años más, la esperanza de vida de los seres humanos era prácticamente la mitad de la actual; que los índices de mortalidad infantil eran muy elevados; que los niños y niñas no poseían derechos civiles hasta la edad de doce años, cuando las posibilidades de supervivencia eran mayores.

Nos encontramos tan cerca todavía de la Edad Media, que sufrimos su sombra y seguimos bajo sus efectos. Hoy todavía seguimos sin superar los tiempos en los que el ser humano se encontraba frente a un destino tan poderoso como incierto, ante el cual sólo cabría la aceptación y el sometimiento. El ser más poderoso podría comprobar su pequeñez e impotencia ante situaciones y problemas que hoy consideraríamos mínimos. Cualquier enfermedad podría desencadenar la muerte. En los tiempos pretéritos, la indefensión de la naturaleza humana era, a todas luces, evidente en cada uno y en los demás, se vivía con ella y frente a ella. El coste del vivir era tan alto que la selección natural eliminaba sin compasión a los débiles y los supervivientes eran los que estaban dispuestos a pagar dicho coste. Dios lo regía todo, se encontraba en todas partes y lo controlaba todo. Nada se encontraba en la mano del hombre. Tal era el sentir popular frente a su destino. Grandes ofrendas y trabajos de un número importante de hombres que vivían para contentar a ese Dios, regidor de todos los destinos: cuántas iglesias, cuántos seres humanos encargados de distraerle y de halagarle, cuántas ofrendas de todo tipo. Pensar que hasta hace poco la mitología era la explicación que la sociedad consideraba científica, cuando hoy perfectamente podría resultarle ingenua a un muchacho quien la consideraría poco menos que una colección de bellas historias escritas para tranquilizar y ayudar a un niño a conciliar su sueño. Quizá ésta fue su principal virtud en la infancia social que supusieron los pasados siglos, ser cuentos para ayudar a soportar la incertidumbre de lo desconocido y dar una sensación de control de lo incontrolable. ¿Cuáles son nuestros ingenuos cuentos actuales? El negocio del engaño coloca el ingrediente fundamental para su sostenimiento, un gran negocio en lo concreto, que es donde el ser humano en su pequeñez y limitación dilucida su existencia. Sólo unos pocos privilegiados son capaces de ir más allá de sí mismos con su imaginación y su generosidad, y ambas son resultantes de su madurez e integración personal, consecuencia de una vida tan afortunada como deseable para la mayoría de los mortales, que pegados a un pensamiento concreto, y circulando con movimientos de reptación, son incapaces de ver más allá de sus propias narices, pese a los altos potenciales inherentes a la evolución mental de nuestra especie.

3.2. El contexto social

Los seres humanos nos encontramos incluidos en un contexto social dinámico, somos una discreta parte de un todo que nos condiciona e influye. Qué osadía y qué impotencia implica el pensar en la libertad del ser humano, cuando por todas partes aparece la limitación. No llevamos nuestra vida, sino que ésta nos zarandea a su antojo. Somos auténticamente títeres del destino, lo fundamental nos es dado sin nuestra contribución y sólo los más afortunados se empeñan en sobresalir de los demás, atribuyéndose lo que no les pertenece. Nadie tiene más mérito por ser lo que es.

El psicoanálisis ha investigado el mundo interno del individuo, habiendo precisado la manera cómo desde el exterior, los otros, de los que dependemos, se van gradualmente introduciendo en nosotros. Cómo los demás nos constituyen, somos trocitos de los otros introyectados en nosotros, generando una nueva y única combinación propia de cada ser humano. Para bien o para mal, la familia internalizada y la externa (la familia real), nos acompañan a lo largo de toda nuestra vida, no siendo siempre coincidentes. Si el ser humano se encuentra tan determinadamente influido por su familia interna y externa, ambas han sido y son permanentemente influidas por el contexto social y cultural de referencia. No se puede entender a los unos sin los otros. Lo que ocurre en el Parlamento finalmente condiciona la forma de pensar y de actuar individual, y estos individuos influyen en el Parlamento a través de acciones individuales o grupales. Nos encontramos en un contexto cultural primitivo e infantilizado. No existen los buenos y los malos, ni los poderosos e impotentes. Éstas entre otras son formas reduccionistas y absurdas de entender que implican la evolución hacia un camino más creativo. Nos encontramos en un contexto escindido y desintegrado donde los aspectos parciales se confunden con el todo. Todavía es reciente el ridículo y pequeñez del hombre considerado más poderoso del mundo, a raíz de unos escarceos sexuales. Nuestras necesidades de todo tipo se nos imponen sea cual fuere la edad y la posición. Quizá en uno de los pocos momentos en los que se convertía en un ser humano quedó atrapado.

Los seres humanos son seres históricos, nuestra historia constituye la matriz cultural que nos alimenta y programa. Es el caldo de cultivo en el cual uno puede crecer con los otros. La Psiquiatría Comunitaria a la que me adscribo, tiene en cuenta todo el conjunto dinámico, y de su entendimiento depende una buena parte del éxito de los tratamientos y la posibilidad de realizar programas preventivos útiles.

Nuestra cultura avanza, equivocadamente, hacia personas más cautivas y dependientes, más robotizadas, y el pensar se encuentra proscrito y es percibido como peligroso. Se trata de un avance falso y engañoso que como tal, se verá limitado en el tiempo, pues la evolución, a mi modo de ver, la considero un movimiento hacia la luz y la integración del entendimiento. En este contexto frustrante y engañoso, los psicoterapeutas son más y más reclamados como necesarios, en ellos se depositan expectativas y esperanzas correctoras de las insatisfacciones derivadas de ir en una dirección contraria a la de nuestra naturaleza -frecuentemente, al igual que sucede con la educación, complicamos lo sencillo-.

El terapeuta, hijo de este contexto cultural, se encuentra tan atrapado como el propio paciente atendido, confundiendo más si cabe la situación; en otras, acompañado y orientado, acortando tiempos de sufrimientos y evitando las equivocaciones e hipotecas que el dolor produce, impidiendo un pensamiento razonable. Creo conveniente señalar, aunque debiera estar de más hacerlo, que el terapeuta siempre es un extraño con un protagonismo limitado -eso dificulta ingresos económicos elevados y supone una renuncia a las gratificaciones narcisísticas-. Somos sólo intermediarios y con funciones modestas, aunque importantes. En situaciones de duelos y de acompañamientos a personas desahuciadas, nuestra presencia deber de ser la suficiente para que la situación avance positivamente de la forma más natural posible, tratando de evitar una injerencia terapéutica excesiva. Es preciso confiar en la capacidad de los demás y ser respetuoso con sus decisiones. Hay que ir por detrás y no por delante. Nuestras decisiones derivarán fundamentalmente de una buena escucha, habilidades alejadas de nuestras educaciones y poco valoradas en los momentos de necesidad, que suelen ser los momentos cuando rompemos con la necedad.

Los avances médicos científicos, el control de la naturaleza, la aceleración de los cambios en el tiempo, todo ha contribuido al desbordamiento y a la confusión. De golpe, el ser humano se ha encontrado catapultado a un mundo desconocido, lleno de posibilidades, habiéndose empachado de ellas. No estaba preparado, la incapacidad de integrar tal cantidad de situaciones nuevas le ha desbordado, generando disfunciones, errores y una pérdida de memoria histórica colectiva, que le deja sin referentes culturales. Algunas de las características de este tiempo son:

  1. La represión de la enfermedad, de la vejez, de la muerte; todo lo que indique indefensión es negado. Se trata de evitar el dolor y el esfuerzo a cualquier precio, sosteniendo el engaño de que la vida puede ser vivida sin sufrimiento, aunque para conseguirlo implique graves mutilaciones en nuestras capacidades mentales y renuncias a aspectos fundamentales de nuestra evolución, yendo en contra de ella e infantilizándonos.

  2. La negación de nuestra propia naturaleza, consistente en la indefensión, nos lleva a la enfermedad mental colectiva e individual, a la megalomanía, produciendo insolidaridad y, como toda situación falsa, envidia, insatisfacción y miedo. Propio de esta circunstancia es el "sálvese quien pueda", y unos pisotean a los otros. Poder y sometimiento son caras de la misma moneda y la insolidaridad se establece. Si se niega la indefensión, nos vemos forzados a marginar a las enfermos, a las personas con carencias y dificultades, a los viejos, a abusar de los niños. La muerte, hecho que nos iguala, puede resultar una noticia escandalosa. A diferencia de la situación descrita, el ser humano que acepta su pequeñez e indefensión, crece y se fortalece. La conciencia de su propia indefensión le lleva a la solidaridad y en ésta encuentra el sentido de trascendencia, la espiritualidad y todos los aspectos más evolucionados del ser humano, que siempre están más allá de nosotros.

  3. Un contexto escindido es un contexto amenazador para todos. En el mundo no existen víctimas ni victimarios, buenos o malos, derechas e izquierdas. Éstos son simplismos propios del desbordamiento en el que nos encontramos y que nos influye neutralizando nuestra capacidad de pensar, situación que incide en un actuar irreflexivo y confuso, y por lo tanto, arriesgado y lleno de equivocaciones y de sufrimientos.

  4. El tener sustituye al ser. Una cultura en la que lo importante está fuera de uno, tratando de controlar la vida a través de la acumulación de dinero, que pasa de ser un medio a cobrar el protagonismo de un fin en sí mismo. Vivimos llenos de objetos con los que tratamos de llenar nuestros vacíos e insatisfacciones, fracasando en el intento. No hay medicación para el desamor, ni tranquilidad que no pase por la confianza en los otros. Las personas que nos hemos interesado por los grupos humanos y hemos investigado en ellos, sabemos bien que "o nos salvamos todos o nos condenamos todos". Nos encontramos mucho más profundamente unidos y próximos de lo que estamos habitualmente dispuestos a admitir.

  5. Los falsos líderes sociales. Resultante de un contexto falso es la elección de sus líderes. No son la sensatez, la madurez ni la integración los atributos que caractericen a nuestros políticos. Durante las elecciones, en estos momentos de confusión, los ciudadanos infantilizados y confusos, suelen primar la demagogia y lo falso, produciéndose una selección negativa de los mismos, lo que complica aún más la situación y como siempre los efectos fundamentales recaen en las personas más débiles y necesitadas, influyendo en el retraso de soluciones más evolucionadas.

  6. El hambre conviviendo impúdicamente con la abundancia, aunque en la misma, a veces, muramos de anorexia, sin llegar a entender que una y otra se encuentran íntimamente relacionadas en su origen.

  7. Una cultura caracterizada por el individualismo, como elemento antitético al grupo, sin querer saber que es el grupo quien compone al individuo y éste a su vez conforma al grupo, que estamos todos en la misma barca, y el devenir de uno solo nos refiere a todos y a todos compromete. Un contexto que no tenga en cuenta al último, en el que no quepamos todos, es un contexto peligroso, escindido e injusto.

Nos encontramos en un momento de depresión y pesimismo social colectivo, donde a unos les falta lo necesario, otros sufren por no saber qué hacer con todo lo que tienen fuera, pero que al carecer de lo que requieren dentro de sí, no les sirve, pese a aparentar una satisfacción por el contraste con los desheredados y hambrientos en donde proyectan sus temores y salen airosos en sus comparaciones, acallando temporalmente el sonido de sus carencias. Si bien la abundancia se encuentra del lado de los países desarrollados, la solidaridad se halla del lado de los países más humildes.

Es posible que en el futuro tengamos que redescubrir que las relaciones humanas comprometidas, en las que se establece una comunicación profunda, instalada en la renuncia, la generosidad y el agradecimiento mutuo como ingrediente de continuidad permanente, siguen estando vigentes, o más bien, son lo más vigente a lo que el ser humano puede acceder, ya que siguen siendo un reto de evolución, aunque la modernidad se haya confundido con la superficialidad, el pensamiento de lo concreto, el engaño, la prevalencia de lo falso y el individualismo megalomaníaco.

Cuando vamos en contra de nuestra naturaleza, cuando negamos lo obvio, cuando reprimimos lo evidente, lo negado aparece invadiéndolo todo, de forma dramatizada y distorsionada, con una intensidad y un dramatismo mayor. Individual y colectivamente, cuando estamos parasitados por el miedo, nos vemos eligiendo, indefectiblemente, el camino de la confirmación del mismo.

4. Conclusiones

Finalmente, y a modo de recapitulación de lo expuesto, subrayaré algunas de las ideas desarrolladas más arriba:

  1. Sufrimos fundamentalmente de estupidez y no de maldad como habitualmente pretendemos, -aunque resulte duro aceptarlo para nuestro narcisismo-. La estupidez y el primitivismo en los que nos encontramos nos impiden ver lo obvio.

  2. En los momentos de transición social (verdaderas adolescencias), se provocan roturas estructurales que generan fragmentaciones, que impiden ver el sentido de la globalidad. En estos contextos escindidos, los seres humanos, empequeñecidos y asustados, buscan líderes que les conduzcan desde la compulsividad del miedo. Frecuentemente, en estas circunstancias la elección recae en falsos líderes (charlatanes) que cobran de ese modo un protagonismo insospechado en otras circunstancias (Hitler y otros dictadores en la historia son buenos ejemplos).

  3. En el momento actual, ensalzamos lo superficial y desvalorizamos lo profundo, raíz de nuestra permanente insatisfacción y del miedo. Negamos la indefensión inherente a nuestra naturaleza y proclamamos nuestro poder. La indefensión negada nos aboca al individualismo, insolidaridad y desintegración. La indefensión aceptada y compartida nos lleva a la solidaridad y complementariedad creativa.

  4. Nuestras familias se pueden constituir en nuestros mejores aliados o en los peores obstáculos para el desarrollo de la vida. (Frecuentemente, en el espacio social proyectamos por extensión muchos de nuestros conflictos familiares).

  5. El miedo a la muerte esconde el miedo a la vida, proyectado en ella.

  6. La muerte negada nos conduce a una vida vacía de sentido y trascendencia.

  7. La generosidad humana, consecuencia de nuestra madurez, al igual que el agradecimiento por lo recibido de los demás, encuentra su máxima expresión en el acompañamiento en los últimos tiempos de vida a nuestros semejantes. De nuestra capacidad de acompañar a nuestros mayores, a las personas enfermas, más cuando éstas se encuentran desahuciadas, derivará nuestra confianza en los demás, pudiendo esperar y confiar en ser asistidos en similares circunstancias. El agradecimiento y la generosidad siguen siendo la inversión más rentable de cuantas el ser humano pueda realizar, no pensando en los demás sino en sí mismo y en la rentabilización que en forma de satisfacción y confortabilidad existencial se extrae.

  8. Cuando enfocamos el acompañamiento a las personas con graves enfermedades con una clara apuesta por la vida, no hay murientes sino personas viviendo los momentos más trascendentes de su vida y personas alrededor, participando emocionalmente de este momento. Murientes o somos todos o no lo es nadie.

  9. El mejor duelo es una buena vida. La mejor despedida es la apuesta por la continuidad de la vida, hasta el último momento. No hay que enterrar a nadie en vida, ni ir a acompañarle en el sentimiento cuando se está muriendo. No puede utilizar el poco tiempo del que dispone en tranquilizar a los de alrededor.

  10. En estos procesos, como en todos, la psiquiatría ocupa un lugar modesto, eficaz pero apenas perceptible. El interés y la sinceridad son nuestros principales instrumentos para no equivocar.

  11. La psiquiatría no puede avanzar al margen del sentido común, que es donde se encuentran sus raíces más profundas, sino como continuidad y complementariedad del mismo.

Que no tengamos hoy explicaciones para entender todos los sentidos de la vida y, fundamentalmente, el de la existencia de la muerte, no significa que no los haya. Son muchos los sin sentidos con los que vivimos. Cuantas explicaciones mágicas en otro tiempo han sido sustituidas por explicaciones científicas en el momento presente. Caminamos hacia la luz del entendimiento, aun avanzando ocasionalmente en zigzag. Hoy, en el mundo que comienza a despertar, nos es imposible predecir los nuevos sentidos que, dormidos, esperan el despertar en tiempos futuros.

 
 
             
   
 
   

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