Vol. 1, núm. 2 - Julio 2002     Revista Internacional On-line / An International On-line Journal  
La muerte y la cultura (pág. 2)

José Mª Ayerra Balduz.
Psiquiatra grupoanalista.
Director del Centro de Salud Mental Uribe, Getxo, Bizkaia.

 
 

2.5. La existencia de la muerte, tranquilizante eficaz para la vida

La angustia fundamental del ser humano, en contra de lo que suele creerse, no es la angustia de muerte, que como anteriormente he señalado, desconocemos, sino que es el miedo a la locura lo que más angustia a los seres humanos. La locura condensa en ella lo desconocido, igualmente implica y condensa todos los momentos traumáticos vividos en nuestro desarrollo infantil, momentos de soledad insoportables arrinconados en nuestro inconsciente, de vacío y autismo, de una excitación insoportable, acompañados de vivencias de abandono por fallo de nuestro entorno, del que dependemos vitalmente. Situaciones que en mayor o menor medida se han dado en todos pero en proporciones e intensidades diferentes. Culturalmente, la locura se relaciona con el descontrol, la agresividad, el rechazo de los demás, el suicidio, la maldad y la culpa. Todo lo inconfesable, todo lo que tememos de nosotros mismos, que aunque se traten de malentendidos surgidos y desarrollados en nuestra historia infantil, condicionan nuestra existencia individual y repercute de forma fundamental en nuestras relaciones dando como resultante, en sus agrupamientos, la formación de grupos escindidos y frecuentemente violentos. (Como he sostenido ya en otros artículos, el ser humano no sufre de una maldad congénita, genéticamente determinada, sino de algo tan vulgar como es la estupidez de la que derivan los malentendidos, que se instalan desde la intimidad de su ser, entrando en conflicto con su propia naturaleza, hasta la consolidación de grupos escindidos y violentos. Son las ideas equivocadas las que hay que temer, consecuentemente, no infravalorando sus efectos, que en su representación potencial más dañina supone un número elevado de muertos y un sufrimiento enorme para la humanidad).

El ejemplo de que esto es así, lo encontramos en la vida cotidiana cuando tantos seres humanos prefieren morir físicamente que abdicar de sus ideas, terroristas que consciente o inconscientemente buscan la forma de acortar sus vidas, las muertes rituales de sectas, tan frecuentes en los últimos tiempos, la muerte de voluntarios en las guerras, anteriormente la muerte por honor, etc.

Frecuentemente se recurre al suicidio, siendo éste deseable, cuando la calidad de vida se ha deteriorado hasta tal punto que se hace insoportable. Cuando los problemas superan la capacidad de ser contenidos y transformados psíquicamente, impiden su aceptación. Las fantasías de suicidio y de deseo de muerte: son frecuentes como límite de sufrimientos difíciles de soportar. Recurrimos a ellas en los momentos de desesperación. Suponen una tranquilidad y apaciguamiento pues nos recuerdan que contamos con la posibilidad a nuestro alcance de poder poner un límite y un control al sufrimiento, que lo hace más soportable, reduciendo la ansiedad que produce.

El máximo grado de libertad del ser humano se encuentra fundamentalmente en su capacidad de decidir vivir o morir cada día. Hay personas que no ejercen esta capacidad, no aceptando la vida que les ha tocado sin hacer nada para modificarla, instalándose en la insatisfacción y la queja crónica y, por otro lado, tampoco se deciden por la posibilidad que el suicidio les abre, quedando como muertos en vida, matando sus posibilidades creativas e hipotecando frecuentemente la de los que le rodean, estas situaciones sí son dañinas y no el hecho de una muerte ya anunciada en el momento de nuestra concepción.

2.6. Un buen acompañamiento, nuestra mejor herencia

Es ésta una situación extremadamente complicada para los seres humanos. Frecuentemente, se cree equivocadamente que el sufrimiento psíquico fundamental recae sobre la persona enferma y desahuciada, cuando mi experiencia me enseñó que el paciente se encuentra suficientemente protegido por sus propias defensas psíquicas, además de las gratificaciones propias del estar enfermo, presuponiendo que se encuentre suficientemente arropado por su entorno. El coste físico, psíquico y emocional recae siempre sobre las personas que posibilitan dicho soporte de cuidados, supliendo las deficiencias e imposibilidades que las enfermedades imponen. Estas personas a las que frecuentemente ignoramos, deberían de ser el foco fundamental de nuestra intervención psiquiátrica, posibilitando una atención más adecuada de la persona enferma.

El acompañamiento a un ser humano a morir es una de las oportunidades más importantes de generosidad de cuantas podamos disponer y, cuando se trata de un familiar significativo, la mejor herencia que nos puede dejar es el agradecimiento de haberse dejado acompañar, que supone en sí mismo el mejor de los reconocimientos posibles, al igual que un facilitador del duelo ya realizado, en gran medida, en esta afortunada despedida.

Tanto los familiares como los profesionales sanitarios que acompañan adecuadamente, haciéndose cargo de las necesidades de las personas desahuciadas, refieren, cuando se les pregunta, cambios y transformaciones personales en la forma de entender su vida, cobrando distancia y restituyendo un sentido crítico hacia muchos de los supuestos que sostenemos en la vida cotidiana: la desmitificación de la muerte, la pérdida de miedo a la misma y un cambio en la relación con el mundo y con los demás, con quienes establecen comunicaciones más profundas y significativas. Éstos son algunos de los muchos cambios experimentados.

2.7. Qué lejos quedan las palabras en determinados momentos de la vida

En cierta ocasión tuve que hacerme cargo de una paciente con un gravísimos problema pulmonar que requería de un trasplante, por lo que se encontraba permanentemente pendiente de un dador que lo posibilitase. En el momento de hacerme cargo de la situación, tomaba un número muy elevado de medicaciones, que fundamentalmente consistían en antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos, a una dosis y en combinaciones totalmente inusuales, pese a lo cual su angustia, desesperación y rabia continuaban en intensidades insoportables tanto para ella como para los demás -existen situaciones más allá del alcance de las medicaciones, para desesperación de profesionales que en su simplismo reducen toda respuesta posible a una o, como en este caso, a muchas pastillas-. En las primeras entrevistas se mostraba totalmente desquiciada. Su desbordamiento lo reflejaba hacia su entorno íntimo, al cual proyectaba su problemática, en un intento múltiple: informando de su íntima desesperación, soledad y miedo; la misma comunicación suponía un desahogo, una evacuación, la expresión de rabia por la envidia de lo que hasta hacía todavía poco tiempo ella poseía, que era la salud. Sus continuos exabruptos eran mayores cuanto más significativas y cercanas se trataran las personas a las que se dirigía.

Pronto, me convertí en el centro de sus iras, me colocó en el centro de mira de sus quejas y demandas desesperadas, Poco a poco, y tras duros enfrentamientos y confrontaciones fue apareciendo la confianza y la fiabilidad, ingredientes necesarios para cualquier acompañamiento, y en ese clima pudimos contener, entender y elaborar de una forma más adecuadamente depresiva las circunstancias en las que se encontraba atrapada. Ya en los primeros tiempos, me reuní con las personas significativas de su entorno, a las que ayudé en el entendimiento de la situación y el inconveniente de dejarse agredir y sadiquear por ésta -todo lo que hacemos de afectivo o agresivo a los demás nos regresa en forma de bumerán: la agresión, la culpa o el agradecimiento-. Se les ayudó a entender la importancia de no renunciar necesariamente a momentos gratos, si éstos se produjeran, tratando de posibilitar en la medida de lo posible que las renuncias fuesen las suficientes, pero ni una más de las necesarias, en una clara apuesta en pro de la continuidad de la vida para todos, incluida la paciente, que también habría de adquirir la capacidad de hacerse cargo en su medida de las circunstancias de sus familiares -hay que evitar matar la vida-. Después de un tiempo de fuertes enfrentamientos conmigo, lo agresivo se fue desgastando, transformándose en situaciones más afectivas y saludablemente depresivas y reflexivas.

Al cabo de un tiempo, se produjo el trasplante. Fue un tiempo en el que anduvimos un camino juntos, compartiendo los avatares de otros trasplantados que, previamente, sufrían rechazos, infecciones, y que finalmente acababan muriendo. La repetición de esta experiencia suponía siempre un tiempo de reflexión en torno a lo que se hacía más y más evidente: más bien pronto que tarde, sería ella la diana de una dificultad o un rechazo. Las palabras se fueron haciendo menos numerosas, fueron sustituidas por las manos en un contacto y una comunicación preverbal. Las entrevistas se realizaban cara a cara, con proximidad, sin mesa de por medio, frecuentemente cogidos de la mano, en un silencio tan insonoro en lo verbal como expresivo, de una profunda e íntima comunicación. Sólo en algunos momentos una exclamación se abría paso entre ambos: "tengo miedo", "me voy a morir", "qué será de mi hija todavía tan pequeña"; todo ello intercalado en un tiempo de silencio reflexivo, donde mis palabras, sólo las mínimas, para evitar interrumpir lo fundamental, consistente en aquel contacto con el otro, aquella unión con la vida a través de la mirada del otro, las manos del otro, los olores del otro y los sonidos del otro, que representa a todos y a todos contiene en un conjuro que aleja la muerte y posibilita la continuidad de la vida.

2.8. La preparación para la muerte es una asignatura fundamental de la vida

Considero que la mejor preparación para la muerte consiste precisamente en la construcción de una vida lo más confortable y dichosa posible. Cuando uno aprende a aceptar la vida, sin escándalos, asumiendo el tributo que exige en la resolución de las dificultades inherentes a la misma, uno como consecuencia de ello, vive, crece y se adapta, aprendiendo a aceptar consecuentemente el paso del tiempo y sus efectos, tanto negativos cual es el deterioro físico gradual, como positivos en los cuales la experiencia vital adquirida a lo largo del tiempo nos capacita mental y humanamente, compensando nuestra mayor indefensión física. La capacidad mental y de aprendizaje crece a lo largo de la vida, lo que se traduce en nuestra humilde sabiduría, resultante de la acumulación de los conocimientos derivados de nuestros aciertos y, lo que es más fundamental, de nuestros errores reconocidos y resueltos, (los no conocidos y, por tanto, imposibles de resolver por vía cotidiana, son los que frecuentemente se nos convierten en horrores, dificultándonos la vida, yendo en nuestra contra e hipotecando nuestra evolución pacífica e integrada).

La vejez es un período del ciclo vital, será un buen período si la madurez personal posibilita la distancia y tranquilidad propia de un vivir sin el miedo a la vida y a los acontecimientos vitales, propios de cuando se es más joven y se posee menos experiencia. Para que este tipo de envejecimiento sea posible, se requiere una proporcionalidad inversa entre la capacidad física y la mental -a más edad en una evolución positiva y no estancada en el tiempo, cuerpo más débil en mente más fuerte-. Se requiere una cierta proporcionalidad entre los recursos internos (psíquicos y emocionales) y externos (físicos, económicos, relacionales), de cuyo equilibrio dependerá la confortabilidad o inconfortabilidad de nuestros últimos años.

2.9. Los duelos

La separación y elaboración de las pérdidas es una asignatura permanentemente presente en la existencia del ser humano desde su nacimiento. Un fallo en el proceso de separación en la persona, le impide acceder a una adecuada individuación, atrapándole en la dependencia patológica y patogénica propia de la enfermedad mental. (La patología mental es fundamentalmente una patología de dependencias psicoemocionales, un fallo en el proceso de individuación del ser humano y un detenimiento, por lo tanto, de su madurez).

El ser humano vive apoyado psicoemocionalmente en relaciones con los demás, suponiendo los otros soportes, en muchos casos, fundamentales para nuestro íntimo equilibrio psíquico. Cuando uno de estos soportes externos muere, se produce temporalmente un cataclismo interior, cuya intensidad dependerá del tipo de relación establecida con la persona muerta y de la profundidad de su significación en nuestra existencia. Una columna de nuestro edificio interior se rompe, viéndose amenazado el mismo de distintas maneras, según la trascendencia de la misma. Todas estas circunstancias implican el tipo de duelo que cada uno va a realizar y, en el que se verán comprometidos igualmente los recursos con que se cuente para enfrentar la pérdida y su restitución en un mundo diferente, en el que el muerto se encuentre ya diluido e incluido, constituyendo la parte íntima de los vivos.

Otras circunstancias condicionan el duelo: las circunstancias de la muerte. No es lo mismo una muerte traumática, por accidente, terrorismo, que la de una enfermedad, y dentro de éstas, el tiempo de duración, el nivel de sufrimiento. Las imposiciones culturales son otras circunstancias que condicionan los duelos, lo que los demás esperan de los implicados en esos momentos, los rituales...

Sólo cuando uno se ha confrontado con la muerte de un ser querido y próximo, en el que se apoyaba una parte importante de su proyecto vital, se es capaz de entender de duelo. Sólo cuando con el tiempo y, habiendo tenido la valentía de la confrontación con el dolor de la pérdida, pagado el coste correspondiente, aparece su superación, lentamente, sin estridencias, discretamente. Tal y como se hace con todo lo importante de la vida. Finalizado el proceso, es entonces cuando uno toma conciencia y se sorprende de haber sufrido una transformación interna e íntima, una metamorfosis y un aprendizaje que marca un hito en su existencia, en la que fácilmente se puede distinguir un antes y un después del acontecimiento vivido. Muchos de los planteamientos cotidianos que regían la vida, aparecen ante sus ojos como absurdos, vacíos de sentido y falsos.

Saber que el tiempo que tenemos es limitado, supone un paso necesario para su valoración y utilización creativa, y los conflictos cotidianos exagerados por la inmadurez y el miedo son transformados en relatividad y distancia.

 
 
           
   
 
   

ASMR Revista Internacional On-line - Dep. Leg. BI-2824-01 - ISSN (en trámite)
CORE Academic, Instituto de Psicoterapia, Manuel Allende 19, 48010 Bilbao (España)
Copyright © 2002