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2.5.
La existencia de la muerte, tranquilizante eficaz para la vida
La angustia fundamental del ser humano, en contra de lo que
suele creerse, no es la angustia de muerte, que como anteriormente
he señalado, desconocemos, sino que es el miedo a la
locura lo que más angustia a los seres humanos. La locura
condensa en ella lo desconocido, igualmente implica y condensa
todos los momentos traumáticos vividos en nuestro desarrollo
infantil, momentos de soledad insoportables arrinconados en
nuestro inconsciente, de vacío y autismo, de una excitación
insoportable, acompañados de vivencias de abandono por
fallo de nuestro entorno, del que dependemos vitalmente. Situaciones
que en mayor o menor medida se han dado en todos pero en proporciones
e intensidades diferentes. Culturalmente, la locura se relaciona
con el descontrol, la agresividad, el rechazo de los demás,
el suicidio, la maldad y la culpa. Todo lo inconfesable, todo
lo que tememos de nosotros mismos, que aunque se traten de malentendidos
surgidos y desarrollados en nuestra historia infantil, condicionan
nuestra existencia individual y repercute de forma fundamental
en nuestras relaciones dando como resultante, en sus agrupamientos,
la formación de grupos escindidos y frecuentemente violentos.
(Como he sostenido ya en otros artículos, el ser humano
no sufre de una maldad congénita, genéticamente
determinada, sino de algo tan vulgar como es la estupidez de
la que derivan los malentendidos, que se instalan desde la intimidad
de su ser, entrando en conflicto con su propia naturaleza, hasta
la consolidación de grupos escindidos y violentos. Son
las ideas equivocadas las que hay que temer, consecuentemente,
no infravalorando sus efectos, que en su representación
potencial más dañina supone un número elevado
de muertos y un sufrimiento enorme para la humanidad).
El ejemplo de que esto es así, lo encontramos en la vida
cotidiana cuando tantos seres humanos prefieren morir físicamente
que abdicar de sus ideas, terroristas que consciente o inconscientemente
buscan la forma de acortar sus vidas, las muertes rituales de
sectas, tan frecuentes en los últimos tiempos, la muerte
de voluntarios en las guerras, anteriormente la muerte por honor,
etc.
Frecuentemente se recurre al suicidio, siendo éste deseable,
cuando la calidad de vida se ha deteriorado hasta tal punto
que se hace insoportable. Cuando los problemas superan la capacidad
de ser contenidos y transformados psíquicamente, impiden
su aceptación. Las fantasías de suicidio y de
deseo de muerte: son frecuentes como límite de sufrimientos
difíciles de soportar. Recurrimos a ellas en los momentos
de desesperación. Suponen una tranquilidad y apaciguamiento
pues nos recuerdan que contamos con la posibilidad a nuestro
alcance de poder poner un límite y un control al sufrimiento,
que lo hace más soportable, reduciendo la ansiedad que
produce.
El máximo grado de libertad del ser humano se encuentra
fundamentalmente en su capacidad de decidir vivir o morir cada
día. Hay personas que no ejercen esta capacidad, no aceptando
la vida que les ha tocado sin hacer nada para modificarla, instalándose
en la insatisfacción y la queja crónica y, por
otro lado, tampoco se deciden por la posibilidad que el suicidio
les abre, quedando como muertos en vida, matando sus posibilidades
creativas e hipotecando frecuentemente la de los que le rodean,
estas situaciones sí son dañinas y no el hecho
de una muerte ya anunciada en el momento de nuestra concepción.
2.6.
Un buen acompañamiento, nuestra mejor herencia
Es ésta una situación extremadamente complicada
para los seres humanos. Frecuentemente, se cree equivocadamente
que el sufrimiento psíquico fundamental recae sobre la
persona enferma y desahuciada, cuando mi experiencia me enseñó
que el paciente se encuentra suficientemente protegido por sus
propias defensas psíquicas, además de las gratificaciones
propias del estar enfermo, presuponiendo que se encuentre suficientemente
arropado por su entorno. El coste físico, psíquico
y emocional recae siempre sobre las personas que posibilitan
dicho soporte de cuidados, supliendo las deficiencias e imposibilidades
que las enfermedades imponen. Estas personas a las que frecuentemente
ignoramos, deberían de ser el foco fundamental de nuestra
intervención psiquiátrica, posibilitando una atención
más adecuada de la persona enferma.
El acompañamiento a un ser humano a morir es una de las
oportunidades más importantes de generosidad de cuantas
podamos disponer y, cuando se trata de un familiar significativo,
la mejor herencia que nos puede dejar es el agradecimiento de
haberse dejado acompañar, que supone en sí mismo
el mejor de los reconocimientos posibles, al igual que un facilitador
del duelo ya realizado, en gran medida, en esta afortunada despedida.
Tanto los familiares como los profesionales sanitarios que acompañan
adecuadamente, haciéndose cargo de las necesidades de
las personas desahuciadas, refieren, cuando se les pregunta,
cambios y transformaciones personales en la forma de entender
su vida, cobrando distancia y restituyendo un sentido crítico
hacia muchos de los supuestos que sostenemos en la vida cotidiana:
la desmitificación de la muerte, la pérdida de
miedo a la misma y un cambio en la relación con el mundo
y con los demás, con quienes establecen comunicaciones
más profundas y significativas. Éstos son algunos
de los muchos cambios experimentados.
2.7.
Qué lejos quedan las palabras en determinados momentos
de la vida
En cierta ocasión tuve que hacerme cargo de una paciente
con un gravísimos problema pulmonar que requería
de un trasplante, por lo que se encontraba permanentemente pendiente
de un dador que lo posibilitase. En el momento de hacerme cargo
de la situación, tomaba un número muy elevado
de medicaciones, que fundamentalmente consistían en antidepresivos,
ansiolíticos e hipnóticos, a una dosis y en combinaciones
totalmente inusuales, pese a lo cual su angustia, desesperación
y rabia continuaban en intensidades insoportables tanto para
ella como para los demás -existen situaciones más
allá del alcance de las medicaciones, para desesperación
de profesionales que en su simplismo reducen toda respuesta
posible a una o, como en este caso, a muchas pastillas-. En
las primeras entrevistas se mostraba totalmente desquiciada.
Su desbordamiento lo reflejaba hacia su entorno íntimo,
al cual proyectaba su problemática, en un intento múltiple:
informando de su íntima desesperación, soledad
y miedo; la misma comunicación suponía un desahogo,
una evacuación, la expresión de rabia por la envidia
de lo que hasta hacía todavía poco tiempo ella
poseía, que era la salud. Sus continuos exabruptos eran
mayores cuanto más significativas y cercanas se trataran
las personas a las que se dirigía.
Pronto, me convertí en el centro de sus iras, me colocó
en el centro de mira de sus quejas y demandas desesperadas,
Poco a poco, y tras duros enfrentamientos y confrontaciones
fue apareciendo la confianza y la fiabilidad, ingredientes necesarios
para cualquier acompañamiento, y en ese clima pudimos
contener, entender y elaborar de una forma más adecuadamente
depresiva las circunstancias en las que se encontraba atrapada.
Ya en los primeros tiempos, me reuní con las personas
significativas de su entorno, a las que ayudé en el entendimiento
de la situación y el inconveniente de dejarse agredir
y sadiquear por ésta -todo lo que hacemos de afectivo
o agresivo a los demás nos regresa en forma de bumerán:
la agresión, la culpa o el agradecimiento-. Se les ayudó
a entender la importancia de no renunciar necesariamente a momentos
gratos, si éstos se produjeran, tratando de posibilitar
en la medida de lo posible que las renuncias fuesen las suficientes,
pero ni una más de las necesarias, en una clara apuesta
en pro de la continuidad de la vida para todos, incluida la
paciente, que también habría de adquirir la capacidad
de hacerse cargo en su medida de las circunstancias de sus familiares
-hay que evitar matar la vida-. Después de un tiempo
de fuertes enfrentamientos conmigo, lo agresivo se fue desgastando,
transformándose en situaciones más afectivas y
saludablemente depresivas y reflexivas.
Al cabo de un tiempo, se produjo el trasplante. Fue un tiempo
en el que anduvimos un camino juntos, compartiendo los avatares
de otros trasplantados que, previamente, sufrían rechazos,
infecciones, y que finalmente acababan muriendo. La repetición
de esta experiencia suponía siempre un tiempo de reflexión
en torno a lo que se hacía más y más evidente:
más bien pronto que tarde, sería ella la diana
de una dificultad o un rechazo. Las palabras se fueron haciendo
menos numerosas, fueron sustituidas por las manos en un contacto
y una comunicación preverbal. Las entrevistas se realizaban
cara a cara, con proximidad, sin mesa de por medio, frecuentemente
cogidos de la mano, en un silencio tan insonoro en lo verbal
como expresivo, de una profunda e íntima comunicación.
Sólo en algunos momentos una exclamación se abría
paso entre ambos: "tengo miedo", "me voy a morir",
"qué será de mi hija todavía tan pequeña";
todo ello intercalado en un tiempo de silencio reflexivo, donde
mis palabras, sólo las mínimas, para evitar interrumpir
lo fundamental, consistente en aquel contacto con el otro, aquella
unión con la vida a través de la mirada del otro,
las manos del otro, los olores del otro y los sonidos del otro,
que representa a todos y a todos contiene en un conjuro que
aleja la muerte y posibilita la continuidad de la vida.
2.8.
La preparación para la muerte es una asignatura fundamental
de la vida
Considero que la mejor preparación para la muerte consiste
precisamente en la construcción de una vida lo más
confortable y dichosa posible. Cuando uno aprende a aceptar
la vida, sin escándalos, asumiendo el tributo que exige
en la resolución de las dificultades inherentes a la
misma, uno como consecuencia de ello, vive, crece y se adapta,
aprendiendo a aceptar consecuentemente el paso del tiempo y
sus efectos, tanto negativos cual es el deterioro físico
gradual, como positivos en los cuales la experiencia vital adquirida
a lo largo del tiempo nos capacita mental y humanamente, compensando
nuestra mayor indefensión física. La capacidad
mental y de aprendizaje crece a lo largo de la vida, lo que
se traduce en nuestra humilde sabiduría, resultante de
la acumulación de los conocimientos derivados de nuestros
aciertos y, lo que es más fundamental, de nuestros errores
reconocidos y resueltos, (los no conocidos y, por tanto, imposibles
de resolver por vía cotidiana, son los que frecuentemente
se nos convierten en horrores, dificultándonos la vida,
yendo en nuestra contra e hipotecando nuestra evolución
pacífica e integrada).
La vejez es un período del ciclo vital, será un
buen período si la madurez personal posibilita la distancia
y tranquilidad propia de un vivir sin el miedo a la vida y a
los acontecimientos vitales, propios de cuando se es más
joven y se posee menos experiencia. Para que este tipo de envejecimiento
sea posible, se requiere una proporcionalidad inversa entre
la capacidad física y la mental -a más edad en
una evolución positiva y no estancada en el tiempo, cuerpo
más débil en mente más fuerte-. Se requiere
una cierta proporcionalidad entre los recursos internos (psíquicos
y emocionales) y externos (físicos, económicos,
relacionales), de cuyo equilibrio dependerá la confortabilidad
o inconfortabilidad de nuestros últimos años.
2.9.
Los duelos
La separación y elaboración de las pérdidas
es una asignatura permanentemente presente en la existencia
del ser humano desde su nacimiento. Un fallo en el proceso de
separación en la persona, le impide acceder a una adecuada
individuación, atrapándole en la dependencia patológica
y patogénica propia de la enfermedad mental. (La patología
mental es fundamentalmente una patología de dependencias
psicoemocionales, un fallo en el proceso de individuación
del ser humano y un detenimiento, por lo tanto, de su madurez).
El ser humano vive apoyado psicoemocionalmente en relaciones
con los demás, suponiendo los otros soportes, en muchos
casos, fundamentales para nuestro íntimo equilibrio psíquico.
Cuando uno de estos soportes externos muere, se produce temporalmente
un cataclismo interior, cuya intensidad dependerá del
tipo de relación establecida con la persona muerta y
de la profundidad de su significación en nuestra existencia.
Una columna de nuestro edificio interior se rompe, viéndose
amenazado el mismo de distintas maneras, según la trascendencia
de la misma. Todas estas circunstancias implican el tipo de
duelo que cada uno va a realizar y, en el que se verán
comprometidos igualmente los recursos con que se cuente para
enfrentar la pérdida y su restitución en un mundo
diferente, en el que el muerto se encuentre ya diluido e incluido,
constituyendo la parte íntima de los vivos.
Otras circunstancias condicionan el duelo: las circunstancias
de la muerte. No es lo mismo una muerte traumática, por
accidente, terrorismo, que la de una enfermedad, y dentro de
éstas, el tiempo de duración, el nivel de sufrimiento.
Las imposiciones culturales son otras circunstancias que condicionan
los duelos, lo que los demás esperan de los implicados
en esos momentos, los rituales...
Sólo cuando uno se ha confrontado con la muerte de un
ser querido y próximo, en el que se apoyaba una parte
importante de su proyecto vital, se es capaz de entender de
duelo. Sólo cuando con el tiempo y, habiendo tenido la
valentía de la confrontación con el dolor de la
pérdida, pagado el coste correspondiente, aparece su
superación, lentamente, sin estridencias, discretamente.
Tal y como se hace con todo lo importante de la vida. Finalizado
el proceso, es entonces cuando uno toma conciencia y se sorprende
de haber sufrido una transformación interna e íntima,
una metamorfosis y un aprendizaje que marca un hito en su existencia,
en la que fácilmente se puede distinguir un antes y un
después del acontecimiento vivido. Muchos de los planteamientos
cotidianos que regían la vida, aparecen ante sus ojos
como absurdos, vacíos de sentido y falsos.
Saber que el tiempo que tenemos es limitado, supone un paso
necesario para su valoración y utilización creativa,
y los conflictos cotidianos exagerados por la inmadurez y el
miedo son transformados en relatividad y distancia.
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