Vol. 1, núm. 2 - Julio 2002     Revista Internacional On-line / An International On-line Journal  
La muerte y la cultura.

José Mª Ayerra Balduz.
Psiquiatra grupoanalista.
Director del Centro de Salud Mental Uribe, Getxo, Bizkaia.

Correspondencia:
Centro de Salud Mental Uribe
C/ San Nicolás nº 2
48990 Getxo Bizkaia. España
E-mail: f.omie@arrakis.es


 
 

Resumen

En los momentos de transición social (verdaderas adolescencias) se provocan roturas estructurales que generan fragmentaciones, que impiden ver el sentido de la globalidad. En estos contextos escindidos los seres humanos, empequeñecidos y asustados, buscan líderes que les conduzcan desde la compulsividad del miedo. Frecuentemente, en estas circunstancias la elección recae en falsos líderes (charlatanes) que cobran de ese modo un protagonismo insospechado en otras circunstancias.

Que no tengamos hoy explicaciones para entender todos los sentidos de la vida y, finalmente, el de la existencia de la muerte, no significa que no los haya. Son muchos los sin sentidos con los que vivimos. Cuántas explicaciones mágicas en otro tiempo han sido sustituidas por explicaciones científicas en el momento presente. Caminamos hacia la luz del entendimiento, aún avanzando ocasionalmente en zigzag.

Hoy, en el mundo que comienza a despertar, nos es imposible predecir los nuevos sentidos que, dormidos, esperan el despertar en tiempos futuros.

Palabras clave: Transición. Fragmentación. Falsos líderes. Futuro.

Summary

During periods of social transition (i.e.. adolescence) structural ruptures which generate fragmentations take place, and this prevents us from seeing the meaning of global personality evolution. Within these split contexts, shrunk and bewildered human beings search for leaders who will shelter them from fear. Under these circumstances false leaders are frequently chosen. These leaders become very important, something that would not be feasible under other circumstances.

The fact that at present we do not possess explanations for all meanings of life, nor do we understand the existence of death, does not mean that explanations do not exist. We live with many things that make no sense to us. So many magical explanations from other periods have been substituted nowadays by scientific explanations. We are approaching understanding, although at times in zigzag.

Nowadays, in an awakening world, it is impossible for us to predict new meanings which at present are lying under the surface, awaiting wakening some time in the future.

Key words: Transition. Fragmentation. False leaders. Future.


1. Preámbulo: El efecto de la muerte en los vivos

En el presente trabajo voy a referirme a obviedades de la vida cotidiana, por lo que ruego de antemano disculpas. Frecuentemente he experimentado en mí mismo y en los demás que lo más difícil es ver lo obvio y oír lo estruendoso, situación que nos confunde en nuestros sentimientos e interpretaciones.

Vivimos momentos caracterizados por la anestesia que supone la abundancia, y el miedo a pensar, entender y analizar se ha impuesto culturalmente, como si el no ver hubiese supuesto para el ser humano en alguno de los tiempos vividos una protección. En realidad, la regresión y la negación constituyen un riesgo, el mayor riesgo, pues imposibilita soluciones. Los descubrimientos científicos han puesto en nuestras manos una diversidad de posibilidades nuevas y poderosas que requieren de seres integrados psicoemocionalmente, seres maduros, capaces de integrar positivamente el sentido y el destino de estas adquisiciones, evitando el riesgo potencial que un camino equivocado puede suponer para todos. Todo instrumento científico posee una capacidad creativa directamente proporcional a la destructiva, por lo que no basta con su descubrimiento. Es básico el sentido que se le dé a su utilización. Frecuentemente, el miedo y el rechazo que provocan muchos descubrimientos, tienen más que ver con la posibilidad de una inadecuada utilización que con el avance que siempre suponen para el desarrollo del conocimiento.

La muerte, con ser una de las experiencias más cotidianas de los seres humanos, no puede ser experimentada por los vivos, por lo que nadie puede hablar con certeza del conocimiento de ella. Nadie ha regresado después de haber estado muerto para narrar su experiencia, por lo que el conocimiento que de ella poseemos es un conocimiento superficial, deductivo de lo que experimentamos en nuestro trabajo en el acompañamiento de personas gravemente enfermas y en los últimos momentos de su existencia, o de las hipótesis que nos formulamos sobre lo que deben de sentir y pensar. No es un conocimiento vivido y experimentado por nosotros con la totalidad de nuestro ser. ¡El conocimiento racional es tan superficial que no sirve para aprendizajes profundos! Lo podemos aprender pero no aprehender, no lo podemos hacer profundamente nuestro. ¡Qué más nos gustaría que transmitir a nuestros hijos nuestra experiencia vital, para evitarles el alto coste pagado en su adquisición! Desgraciadamente, necesitan la experiencia de sus aciertos y errores para considerarlas propias. Las que les ofrecemos sólo corresponden para ellos al mundo de las referencias externas, deseos y posibilidades.

El que no podamos morirnos un tiempo y resucitar posteriormente, condiciona que las teorizaciones e ideas que sobre la muerte formulamos, no pertenezcan a ella sino que sean aspectos proyectivos de lo conocido por nosotros, que es la vida. El concepto de muerte se comporta, por lo tanto, como una pantalla en la que se proyectan experiencias vividas agradables o desagradables, deseos y temores, haciendo que de ella existan tan diversas interpretaciones: para unos terrorífica, para otros esperanzadora; el fin de todo, el comienzo de todo; la duda, la certidumbre. La existencia de tantas explicaciones y sentidos implica, efectivamente, que ninguna de ellas sea concluyente ni satisfactoria, teniendo que aceptar el hecho de que hoy por hoy la muerte sigue existiendo como un "sin sentido" que todo humano ha de aprender a aceptar para poder vivir dignamente. ¡Son tantos los "sin sentidos" con los que tenemos que aprender a convivir!¡Es tan poco lo que sabemos, que su aceptación supone el estímulo necesario para seguir en la investigación y la búsqueda de conocimiento!

Pronto o tarde, si uno vive lo suficiente, tendrá que confrontarse: primeramente a la experiencia de la muerte de los de alrededor y, finalmente, a la de uno mismo, por lo que es conveniente interesarse por esta asignatura, tan fundamental en la vida de todos.

La vida es, ante todo, un proyecto mental. Sin él no hay vida, pese a que en el cuerpo el corazón siga latiendo. Asistí a la familia de un muchacho, que fue hospitalizado por un traumatismo craneoencefálico que le produjo un estado de coma irreversible, encontrándose vivo sin ayudas especiales. La demanda de los padres consistía en la posibilidad de precipitar el débito del hijo, pese a que éste había sido un hijo querido y deseado. Sin conciencia no reconocían en él la vida. Sin conocimiento, ni memoria, ni historia pasada, ni proyección de futuro, lo más puramente humano se ha desvanecido. No es el mismo sufrimiento la institucionalización de nuestros seres queridos, cuando éstos han padecido un deterioro mental con un tipo de demencia, que con cualquier otro tipo de enfermedad física. Por poner la situación contraria a la desarrollada, nos encontramos con personas con grandes dificultades físicas e incapacidades que mantienen una calidad de vida que para sí mismas querrían otras personas con problemas psíquicos que por el contrario poseen una buena salud física. A cuántos muertos vivientes asistimos en los servicios, personas cuya vida mental supone un encefalograma plano, los denominemos como los denominemos.

¿Cómo ayudar en el sostenimiento de los proyectos vitales y, por lo tanto, de la vida, a los pacientes cuyas enfermedades implican una esperanza de vida próxima? Éste y no otro, es, en mi opinión, el compromiso fundamental de la psicología y de la psiquiatría con los pacientes desahuciados por la ausencia de métodos terapéuticos eficaces.

2. Los hechos

Los seres humanos viven desde su nacimiento en permanentes interdependencias mutuas. Una independencia total en el ser humano es imposible por su propia naturaleza, aunque la encontremos como deseo delirante en el pensamiento de algunos pacientes mentales graves. Existen diferentes grados de desarrollo y autonomía, adquiridos tras múltiples y complejos procesos de separación, acaecidos en la vida de cada uno y en relación con los de alrededor. Cada separación exitosa -realizada desde lo amoroso y con una prevalencia de agradecimiento-, implica una presencia de recuerdos y aspectos de la persona separada en nosotros, que nos sirve de acompañamiento interno, posibilitando una autonomía cada vez mayor. El hecho de que uno pueda estar solo sintiéndose acompañado, implica contar con este tipo de compañías internas. También se da la situación contraria: las separaciones fallidas -realizadas desde lo agresivo y con una prevalencia del resentimiento-, que implican una imposibilidad de incorporación y, consecuentemente, de separación, dificultando nuestra capacidad para estar solos, pues la soledad es vivida y confundida con el abandono. No se cuenta con las compañías internas necesarias, y por el contrario uno se siente parasitado, que no acompañado, por el recuerdo de otras compañías en las que ha prevalecido el resentimiento, desconfianza y enfado, empeorando más la situación. Los otros siempre nos componen y acompañan de una u otra manera.

Ambas situaciones pueden ser perfectamente visibles en todas sus variedades en la adolescencia y en cómo nuestros adolescentes intentan exitosa o fallidamente separarse de sus adultos significativos: desde identificaciones positivas e incorporaciones de ideales y objetivos altruistas, con intereses por la comunicación y el entendimiento sincero y espontáneo o, por el contrario, desde posiciones de desconfianza y rabia, que implican una confusión insoportable, relaciones profundamente ambivalentes, dilemas de amor y odio, de necesidad y rechazo, de un vacío que ha de ser llenado a cualquier precio, con sensaciones intensas, más potentes cuanto más vacío, aventuras con riesgos excesivos, la toma compulsiva de substancias y de alcohol, la destrucción de enseres y actitudes antisociales, son, en definitiva, algunas de sus manifestaciones más frecuentes. La precariedad de sus identidades les lleva a la adquisición de pseudoidentidades, de las que la identidad a la contra es una de las más conocidas y frecuentes (afirmarse en un intento de ser en la confirmación de lo contrario de lo que son las personas que le sirven de referentes). Cuando no se cuenta con autonomía propia, uno se halla indefectiblemente dependiente de los demás y del mundo externo que nos rodea, el consumismo es uno de sus síntomas. Se vive para afuera, la intimidad se ve dificultada por confusa y dolorosa, por lo que se evita en lo posible y uno, sin apenas darse cuenta, se encuentra huyendo de sí y se convierte finalmente en un extraño, en un desconocido de sí mismo.

Los vínculos de los primeros años son más concretos, estables, íntimos e intensos; con el tiempo, y tras los procesos de separación y de maduración necesarios, los vínculos se hacen más superficiales y móviles, dilucidándose en ellos necesidades menos profundas y fundamentales. De la elaboración suficiente de la frustración y el dolor de éstas separaciones, derivará la posibilidad de estar solo y la aceptación de la soledad existencial en la que los seres humanos nos encontramos, una soledad acompañada a través de la comunicación y resonancia emocional con los otros, que suponen un soporte necesario para la posibilidad de la vida individual.

2.1. La muerte siempre supone una sorpresa y un inconveniente

Cuántas personas me han referido una y otra vez el inconveniente del momento en el cual se ha producido la muerte del ser querido; como si la muerte pudiera ser programada en función de la conveniencia o no del interesado, en este caso y frecuentemente, del interesado. Ahora que nos encontrábamos en el mejor momento, tan joven, tan niño, se acababa de jubilar, con los proyectos que tenía, con la ilusión que le hacía ir y hacer tal o cual cosa. Lo habitual es que la muerte sea un inconveniente a cualquier edad y momento. En pocas ocasiones la muerte llega en el momento que interesa al implicado en ella, facilitando su aceptación a las personas de su entorno, quienes las pueden aceptar más resignadamente por este hecho.

2.2. Matar al mensajero

Hay noticias que a uno no le gustaría recibir jamás. Qué gran compromiso para los profesionales de medicina el dar noticias que, a priori, implican situaciones difícilmente asumibles por sus receptores. Con relativa frecuencia, el impacto de la noticia se vuelve en contra del profesional que la da, ya sobrepasado por la dificultad del encargo. El profesional sanitario, cuanto más sobrepasado y temeroso se encuentre, mayor será la dificultad que tenga para plantear las noticias traumáticas de forma sensible y empática. Aceptando la brusquedad, la forma inoportuna y hasta chabacana del planteamiento que realizamos muchos profesionales y aceptando asimismo la vulnerabilidad de quien recibe un impacto de esta naturaleza, estos hechos no justifican que en los años posteriores se confundan con la situación traumática y la existencia de un dolorimiento difícilmente digerible y aceptable psíquicamente. Hay noticias que son dolorosas por lo que significan, más allá de quién las dé, de cómo las dé y del tiempo en que se produzcan. Es conveniente no confundir estos hechos para "no confundir el trigo con la paja".

2.3. La muerte fallida, despertador de vida

Una experiencia que se me ha impuesto ya desde mis primeros años de ejercicio profesional y se me repite frecuentemente en unos y en otros, es que: una experiencia de muerte que por las circunstancias que sean resulta fallida, puede ser un elemento de entendimiento y cambio de primera naturaleza.

He comprobado mejorías psíquicas notables en personas tras intentos no manipulativos de suicidio, que por las circunstancias han resultado fallidos. Evidentemente, otros los repitieron con mayor éxito posteriormente. En la vida cotidiana es frecuente que tras un accidente grave, determinadas personas nos refieran sentirse transformadas, pudiendo fijar un antes y un después, en su forma de entender y enfocar la vida.

2.4. Noticias que implican un cambio brusco en la perspectiva vital

Con cuanta frecuencia personas tras análisis y exploraciones de rutina, entran a los despachos médicos a por un resultado rutinario y se encuentran frente a un rostro taciturno, circunstancial, desusadamente distante y tenso. Titubeo en la voz, bueno... pues, el caso es... la radiografía... una sombra... bueno, no se piensen, no es nada, pero conviene realizar pruebas un poco urgentes para descartar... De golpe, fin de lo conocido, alto en los proyectos, el tiempo detenido. El resto del mundo continúa, ciego y sordo, con su rutina y sus prisas, sus tonterías, sus quejas, sus abundancias y excesos, vividos desde la avidez inconmensurable de estos tiempos. Todo paralizado, las preocupaciones cotidianas, el qué dirán. No hay tiempo que perder, la posibilidad de confirmación de una mala noticia lo invade todo.

Finalmente, ya confirmado el diagnóstico severo y tras el proceso previo a la aceptación, la reconciliación con los seres cercanos impone un balance de lo importante y lo secundario completamente diferente a los que habían regido nuestra vida hasta entonces. ¡Con cuanta claridad se distingue en estas circunstancias lo auténtico de lo falso!

Muchas personas nos relatan que los únicos tiempos en los que se sintieron vivos fueron, precisamente, estos últimos, como si ellos justificasen en sí mismos toda su vida. Si el acompañamiento es el adecuado, cuanto agradecimiento, qué claro lo importante, con cuanta frecuencia afirman estas personas sentir -como si su existencia se hubiese iluminado-, con cuanta claridad aparece lo obvio ante sus ojos, anteriormente cegados por la pequeñez, el miedo y el engaño. Cuantos momentos reflexivos en estos tiempos. La mejor herencia que uno puede tener de un ser querido, es el agradecimiento y el reconocimiento de éste al que se le ha acompañado a vivir hasta el segundo posterior a su débito. ¡Cuánto corremos para ir a ninguna parte! ¡Cuanta robotización y anestesia mental en un contexto cultural engañoso que nos aleja de nosotros mismos! ¡Cuanta superficialidad y cuanto engaño!

Aunque no siempre, es frecuente que pacientes graves, con vidas caóticas cobren un orden y un funcionamiento mental más realista y adecuado, tras una noticia que implique la proximidad de la muerte. He asistido a algunos pacientes toxicómanos con cambios espectaculares a raíz de habérseles diagnosticado el SIDA. La muerte es el límite a la locura. Ante ella desaparecen las fantasías y delirios; durante la Guerra Civil Española, el hospital psiquiátrico donde ejercí en mis primeros años, quedó prácticamente vacío de pacientes, habiendo sido ocupado por personas que huyendo de la guerra, encontraban refugio seguro en el mismo. La muerte es deseada, como mal menor, en muchos padecimientos psíquicos, pero de ello hablo en el siguiente apartado.

 
 
             
   
 
   

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